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La historia de la casa de Tucumán que entró en la historia

25 jul 2016

Ires y venires del solar de los Laguna donde en 1816 se declaró la Independencia, contados por un arquitecto que desentrañó varios misterios.

Cuando Juan Carlos Marinsalda integraba el equipo técnico del Distrito Noroeste de la Dirección Nacional de Arquitectura y desarrollaba una investigación sobre la teoría y la práctica de la conservación del patrimonio en el Instituto de Historia de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UNT, la pregunta acerca del devenir de la Casa de la Independencia se le impuso por peso propio. “Fue en ese año -1993- cuando realizamos la restauración de las cubiertas de tejas de la casa y formulé mis primeras preguntas de investigación. Sucede que el edificio reconstruido en 1943 no respondía a las características que debería haber tenido una casa virreinal de una familia de la elite tucumana, por lo que era necesario revisar tanto los fundamentos de la reconstrucción como la historiografía y la teoría arquitectónica”, le cuenta a LA GACETA el arquitecto Marinsalda, que vivió en Tucumán entre 1987 y 2002 (actualmente reside en Mendoza), y se doctoró este año en la Universidad de Sevilla con su tesis sobre la Casa Histórica. Una tesis que, como se verá en la investigación de Marinsalda, ratifica que la arquitectura es mucho más que ladrillos. La arquitectura puede contar la Historia.

- ¿Cuáles eran los elementos que lo llevaron a investigar lo que se había escrito acerca de la Casa?

- Por ejemplo, no se encontraban reconstruidos los locales en los que debían haber vivido los esclavos; el segundo patio y la huerta no estaban separados, y la sala no tenía aberturas hacia el segundo patio para permitir el control visual de toda la casa desde allí, como sostenía la teoría arquitectónica. También era notorio que el portal carecía de los elementos decorativos que se observaban en la fotografía de 1869, pero la historiografía basada en la tradición familiar sostenía que la casa ruinosa de 1870 era exactamente la misma de 1816.

¿Qué fue lo que pudo encontrar respecto de la casa de 1816?

- A partir del estudio de documentos y del edificio, que incluyó trabajos arqueológicos, pude realizar una reconstrucción hipotética de la casa construida en 1762 por el español Miguel Laguna, esposo de Francisca Bazán. Esta tenía bóvedas cubriendo el zaguán y las porterías; la sala contaba con una gran puerta de cuarterones hacia el segundo patio, que estaba rodeado de galerías y separado de la huerta por el pabellón de esclavos y criados; y las habitaciones de la familia estaban en el primer patio. Laguna integraba una red comercial y familiar que comerciaba entre Potosí y Buenos Aires y utilizaba los locales del frente para esta actividad. Cuando funcionó el Congreso las puertas fueron pintadas de azul y los muros de blanco; además de la Sala de Sesiones, hubo locales destinados a la secretaría y a las comisiones, una capilla, la sala de la guardia y las viviendas del portero, los sirvientes y los edecanes. El Estado compró 80 sillas y una gran mesa para la Sala de Sesiones, entre otros elementos.

- ¿Entonces la casa reconstruida en 1943 no es similar a la del congreso de 1816?

- Creo que la reconstrucción de 1943 realizada por Mario Buschiazzo estuvo condicionada por un debate teórico entre dos generaciones, específicamente entre los pioneros Kronfuss, Noel y Guido, quienes interpretaban que la fotografía de Paganelli mostraba restos de macetas con flores que eran manifestaciones de la mano de obra indígena. Esta hipótesis no era aceptada por Buschiazzo, quien eliminó todos los elementos significativos del portal, pero en esa operación lo que en realidad borró fueron los atributos nobiliarios de una familia castellana. Se trató de forzar una realidad histórica para adaptarla a una teoría, con lo que también se invisibilizó la presencia de criados y esclavos al no reconstruir sus espacios.

- ¿Cómo se determinó que las puertas habían sido azules en 1816?

- En el Archivo Histórico de Tucumán se conservaban los comprobantes de compras de materiales de 1816, entre los que están el pigmento azul de prusia, el aceite de linaza y el albayalde para las puertas de la Casa del Soberano Congreso; la aplicación de este color la comprobamos en 1996 al restaurar las puertas del Salón, lo que permitió recuperarlo.

- ¿Cómo ha sido entonces instalada la imagen de la casa de puertas verdes y muros amarillos?

- La cuestión del color tiene una fuerte impronta política, la elección del azul celeste en 1816 correspondía a una identificación del Congreso con el centralismo de Buenos Aires, mientras que la Unión de los Pueblos Libres, ausentes en el Congreso, se reconocía en el color rojo. En 1841, cuando ocupó la ciudad el ejército federal de Oribe, las puertas fueron pintadas de rojo, pero luego de la caída de Rosas, en Buenos Aires fueron repuestos los colores verde y celeste de los unitarios, como recordaba Sarmiento, aunque en las provincias el rojo continuó identificando a la Confederación hasta 1862. El origen de la conocida imagen de la casa con puertas verdes se encuentra en el cuadro que el cordobés Genaro Pérez realizó tomando como modelo la foto monocromática de Paganelli y que fue canonizado por Carranza al incorporarlo al Museo Histórico Nacional en 1894. Obviamente, a fines del siglo XIX las puertas de la casa de la Independencia no podían ser rojas. Esta es la imagen oficial con la que nos formamos muchas generaciones de argentinos mediante los textos y las revistas escolares, como Billiken.

- La reforma del museo del 2015 generó críticas y reclamos por el retiro de los muebles y objetos que recordaban la participación de los tucumanos en la gesta de la independencia ¿Cuál es la historia de los muebles del Congreso?

- El testimonio material que avala la participación de la elite local en la gesta de independencia es el mobiliario y en ello basó su estrategia Mario Levene en 1943 para equipar la casa reconstruida; invitó a los descendientes de la elite de fines del siglo XIX a ingresar a la nueva historia nacional mediante la donación de muebles. Buscaba recrear la tradición, pero en realidad la mayoría son posteriores a la época del congreso e incluso hay objetos que fueron realizados en 1973, como el crucifijo que hasta hoy preside el Salón histórico. Son en cambio inexistentes los símbolos representativos del carácter cívico del Congreso. Quizá la mejor demostración del recurso al mobiliario como herramienta de legitimación social sea que en este Bicentenario habría tres mesas en las que se firmó el Acta de la Independencia; la que donaron los descendientes de Bernabé Aráoz, la que conservan los franciscanos y la que compró el Estado en 1816.

Fuente: La Gaceta


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