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Bicentenario: una ocasión para reflexionar sobre nuestros orígenes y sobre nuestro destino

12 jul 2016

Luis Alberto Romero, Roberto Cortés Conde, Alieto Aldo Guadagni y María Sáenz Quesada dieron su visión de estos 200 años de Independencia.

200 años después de la Declaración de la Independencia, la Argentina es muy distinta de la que esbozaron los hombres de Tucumán. Demasiado diferente como para trazar líneas que lleguen hasta el presente. Pero algo nos liga a aquellos hombres. Nos llega con la forma de una pregunta y una demanda: ¿qué hemos hecho con el Estado y la Nación que imaginaron fundar?

Aunque las cosas no fueron sencillas, los argentinos avanzaron mucho tiempo en el rumbo correcto. Luego de las guerras civiles, llegaron a un compromiso, sellado en la Constitución de 1853. Acordaron constituir un Estado con la potencia suficiente para construir la Argentina moderna. También diseñaron una nación liberal y plural, basada en el contrato político que permitía acoger a todos los hombres de buena voluntad que vinieron al país. Y lo hicieron.

Pero a partir de un cierto momento -es difícil precisar cuándo- comenzó a manifestarse un desvió en el rumbo. La nacionalidad liberal comenzó a ser desplazada por otra con vocación unanimista y excluyente; se proyectó en gobiernos facciosos, intolerantes y autoritarios, que en su última fase fueron inutilizando o destruyendo el Estado que podía controlarlos. Paralelamente, el Estado se deslizó hacia el beneficio de los intereses particulares, en desmedro del interés general, concluyendo en un extendido prebendarismo.

200 años después, nos encontramos con un Estado inutilizado, incapaz de velar por el interés general, y una nacionalidad en la que fácilmente aflora la intolerancia. Este bicentenario coincide con la apertura de una posibilidad: reconstruir un Estado capaz de proveer el bienestar general y promover la unidad nacional. También, afirmar el gobierno de la ley y reparar las grandes injusticias sociales.

Hay una oportunidad, pero no es fácil aprovecharla. Si alguna enseñanza nos viene de los hombres de 1816, ella consiste en confiar en el futuro y apostar a él con toda nuestra voluntad.

Luis Alberto Romero - Profesor de la Universidad Di Tella.

La independencia para una comunidad de hombres libres

La conmemoración del Bicentenario de la Declaración de la Independencia es una ocasión para recordar ese hecho fundacional en la Historia de la Nación Argentina pero también a las personalidades que la hicieron posible y, especialmente, transmitir los valores por los que ellos lucharon, quizá el mejor tributo a su memoria.

Al tiempo del Congreso de Tucumán, las revoluciones sudamericanas pasaban por la experiencia generalizada de la derrota. En Chile con la batalla de Rancagua terminaba la Patria Vieja. Bolívar estaba exilado en Jamaica. En Sipe Sipe había sido derrotado el Ejército del Norte. La frontera quedó defendida por Güemes y San Martin preparaba en Cuyo su plan americano.

No mucho tiempo atrás, en mayo de 1810 se había instaurado el primer gobierno patrio en coincidencia con las revueltas españolas contra Napoleón y la formación de juntas populares. Se vivía una ola revolucionaria en el mundo iniciada con la revolución norteamericana en 1776 y la francesa de 1789. En cambio en 1816, al tiempo la declaración de la Independencia y con Napoleón derrotado, la reacción restauradora se había consolidado y las potencias europeas se habían comprometido a eliminar todo desafío a la legitimidad monárquica, que sólo parecía resistir en la América del Sur. Fernando VII, repuesto en el trono, buscaba recuperar las colonias con el apoyo de los países de la Santa Alianza. Los congresales de Tucumán, en quizá uno de los momentos más tristes de la nueva Nación, tuvieron el valor de desafiarlas, declarando la independencia y consolidando así el proceso que había comenzado en 1810.

Con ello se sustituyó el viejo orden político, el de la monarquía absoluta, por uno para una comunidad independiente de hombres libres, democrático, de igualdad de derechos y división de poderes. Con todas sus dificultades, avances y retrocesos ese orden quedó consagrado en nuestra Constitución en 1853, que es nuestro pacto histórico de convivencia. Estos son los valores que ratificamos al conmemorar la declaración de la Independencia, ese día ya lejano del 9 de julio en Tucumán.

Roberto Cortés Conde - Presidente de la Academia Nacional de la Historia.

Una nueva oportunidad

El Bicentenario de la Declaración de la Independencia nos encuentra privados del relato y de la épica que caracterizaron la celebración de 2010. En efecto, el 9 de Julio se festeja en Tucumán con sobriedad y un desfile de bandas militares cierra los actos centrales en el escenario capitalino. Exposiciones itinerantes, encuentros de teatro y reuniones dedicadas a la reflexión sobre la historia, la ciencia y la cultura, agregan valor a la conmemoración.

Ante estos signos de moderación, en agudo contraste con el despliegue de euforia y autoelogio de hace sólo seis años es válido preguntarse: ¿Tendremos por fin un país normal, donde las políticas de estado sean respetadas por gobierno y oposición; se valoren el trabajo y el esfuerzo más que la avivada, la grosería y el desplante y nos consideremos entre nosotros ciudadanos de una misma patria?

Si miramos lo ocurrido en Tucumán, la enseñanza surge de los hechos. En 1816, en el año más infausto de la revolución americana, los diputados de una parte de los pueblos que hoy conforman la República Argentina tomaron decisiones que trascendieron el corto tiempo de sus vidas.

En el escenario mundial francamente hostil a las ideas de origen revolucionario, declarar la Independencia constituía un paso sin retorno si la suerte de las armas les era adversa. En el actual territorio argentino, la anarquía ponía en duda la capacidad del Congreso para expresar la voluntad general ; la penuria económica dificultaba la marcha cotidiana de las deliberaciones, y todo esto hacía peligrar los tres frentes militares en juego: el Alto Perú, Chile y la Banda Oriental.

No obstante aquellos clérigos, frailes y doctores se atrevieron a fundar un país de límites imprecisos y cuya forma de gobierno, monárquica o republicana, no estaban en condiciones de definir. Ellos cumplieron su tarea. ¿Cuál es la nuestra? Sin duda, ayudar a construir un país más serio que haga posible una sociedad más justa y que nos invite, más allá de las incertidumbres del presente, a pensar en un futuro común. La oportunidad está abierta.

María Sáenz Quesada  - Directora de la revista Todo es historia.

Es hora de fortalecer la educación

En este Bicentenario de la Independencia debemos reflexionar sobre el futuro de nuestra educación. La realidad nos indica que la escuela argentina ha dejado de ser la escuela modelo a ser imitada, como lo había sido por muchas décadas desde fines del siglo pasado. Mientras Alberdi ayer nos decía que “Gobernar es poblar”, hoy debemos decir que la extrapolación de este mandato a este Bicentenario sería “Gobernar es educar”. Nos duele apreciar cómo hemos llegado a desconocer que una educación de calidad y con inclusión social es la herramienta principal para construir un mejor futuro para todos los argentinos. Tengamos presente que el siglo XIX fue de la escuela primaria, el XX, de la secundaria, mientras que este es el siglo de la Universidad.

La pregunta en esta celebración de nuestro Bicentenario es: ¿Podemos salir de esta crítica situación? Por cierto que sí, pero para ello tendremos que emprender un largo proceso que necesariamente habrá de proyectarse sobre varias generaciones. Será menester sacudirnos la indiferencia complaciente con que miramos nuestra realidad educativa y arribar a nuevos consensos urgentes e ineludibles. La educación nos debe importar a todos, ya que su situación actual conspira contra la posibilidad de desarrollarnos como Nación de una manera integral, es decir sin marginaciones excluyentes. Sin educación de calidad para todos no hay igualdad de oportunidades, es decir no hay justicia social.

Nelson Mandela decía que “la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”. Muchos pueblos ya han entendido este mensaje. De nosotros depende que Argentina impulse hoy el fortalecimiento de su sistema escolar, en sus cuatro niveles: inicial, primario, secundario y universitario. Eso sí, no hay demasiado tiempo, el trabajo no es pequeño y debe comenzar ya. Es la mejor manera de celebrar nuestra Independencia.

Alieto Aldo Guadagni - Miembro de la Academia Nacional de Educación.

Fuente y foto: La Gaceta


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