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El Bicentenario marca un camino

26 may 2016

Por Martín Balza – Para Clarín
Ex jefe del Ejército y ex embajador en Colombia y Costa Rica


El 24 de marzo de 1816, en la ciudad de Tucumán, iniciaba sus sesiones la esperanza de los pueblos libres. Era el último suspiro de la Revolución de Mayo que, debilitada, parecía perderse definitivamente; era el único poder que ostentaba convicción democrática, un áncora lanzada en medio de la tempestad.

La revolución en toda América tambaleaba. En México, se había extinguido. En Venezuela y el Virreinato de Nueva Granada los realistas habían quebrado la resistencia patriota. Bolívar se había refugiado en Jamaica. En Chile, la reacción española obligó a O`Higgins a buscar refugio en Mendoza. El desastre de Sipe-Sipe (1815) permitió a los españoles abrir una brecha en la frontera norte y la invasión a Jujuy y Salta. La reconquistadora expedición española parecía concretarse luego de la caída de Napoleón en Waterloo (1815) y la Santa Alianza amenazaba a los pueblos europeos y americanos.

El frente interno presentaba profundas grietas. El caudillismo se disputaba la supremacía y se encendía la mecha de la anarquía y la guerra civil. La paralización del comercio con Chile y con el norte dejaba sentir sus consecuencias económicas. Santa Fe era azotada por malones e incursiones de la armada española. El silencio de Buenos Aires ante sus hermanas exacerbó los ánimos contra el centralismo porteño. En el Congreso carecieron de representación Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y -desde luego- la Banda Oriental del Uruguay.

Pese a tan crítica e incierta situación se iniciaron las sesiones. Belgrano vierte sobre el Congreso toda su experiencia y San Martín, emulando al más agudo Cicerón en su Primera Catilinaria, presiona concretamente a través del representante de Mendoza, Tomas Godoy Cruz, para poder iniciar y llevar a cabo su plan continental, su cruzada libertadora.

No todas las aspiraciones fueron coronadas por el éxito, pero la concreción de una sola de ellas merece la reverencia, la admiración y el respeto de las generaciones posteriores: la Declaración de la Independencia.

Sin embargo, debieron pasar casi 200 años y correr mucha sangre entre hermanos para que nuestro país se encaminara definitivamente hacia el respeto a las instituciones republicanas.

Con aciertos y errores, importantes han sido los avances en la convivencia nacional en el Bicentenario empezamos a conmemorar. No obstante, conflictos y crisis asedian hoy a un mundo caracterizado por un contexto psico, sociocultural, político, económico y militar incierto y poco predecible en el que nuestro país está inmerso; situación generada o potenciada por distintos factores, más alarmantes que los que enfrentaron nuestros próceres a principios del siglo XIX; entre otros: narcotráfico, trata de personas, pobreza extrema, emigraciones incontrolables, escasez de recursos energéticos, asimetrías económicas, intolerancia étnica y religiosa, focalizadas prácticas genocidas y un terrorismo demencial alentado por fanáticos y mercenarios.

El desafío es grande e impone una correcta apreciación de estrategia nacional, compatibilizando todos los factores de poder del Estado. Quiera Dios que lo enfrentemos -como sociedad y particularmente nuestra clase dirigente- por el sendero de la responsabilidad, de la sensatez, de la negociación, del diálogo respetuoso y del disenso enriquecedor, evitando estériles confrontaciones y descalificaciones del pasado. ¿El camino? Desterrando definitivamente el deseo destructivo que busca el fracaso de gobiernos elegidos por el pueblo soberano; por el contrario, apostar y colaborar con distintas gestiones que -en la alternancia democrática- también pueden ser el éxito para una oposición seria, madura y necesaria. Ha llegado, definitivamente, el momento de demoler las paredes de indiferencia, odio y pesimismo; de avanzar hacia la unidad y la concordia -aún en la diversidad- en el marco de la justicia y el respeto irrestricto a las instituciones de la República. Ese es el mejor homenaje y reconocimiento a la memoria de un puñado de patriotas -16 abogados, 10 sacerdotes, 2 monjes y 1 militar- imbuidos de una prematura y desconocida Real Politik, que el 9 de julio de 1816 en la benemérita ciudad de Tucumán nos hicieron entrar como una Nación libre e independiente en el concierto de las naciones.

Si la adversidad prueba el temple de un líder, nuestros veintinueve congresistas fueron líderes probados y aprobados.


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