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Expertos rescatan el Bicentenario como una ocasión para reflexionar y celebrar

21 may 2016

Con un panel “continental” concluyó el encuentro de la Academia Nacional de Historia. Reivindicaron la necesidad de seguir interrogando el pasado.

Los distintos acentos del español abonaron una misma conclusión: la historia no tiene un final ni siquiera tiene finales. Mientras haya historiadores investigando los tiempos pretéritos, habrá nuevas lecturas de los hechos y nuevas hipótesis para discutir. Pero esto que hace a la esencia del estudio del pasado no puede, desafortunadamente, trasladarse al presente, que huye sin reparos.

El Congreso del Bicentenario de la Independencia Argentina ya es historia. Terminó ayer, con una mesa “continental”, según definió la coordinadora Marcela Ternavasio (el panel se desarrolló en dos tiempos, con un cambio de ponentes en el medio). Es que, como agregó el historiador brasileño João Paulo Garrido Pimenta, se impone “acercar” las historias nacionales y adoptar una visión cosmopolita. “Acercarnos”, otra forma de decir “unirnos” o “juntarnos”, que es el lema oficial de este Bicentenario.

Se trata de comprender sin restar complejidad. Lo dijo Roberto Cortés Conde, presidente de la Academia Nacional de Historia, al comienzo del Congreso y lo repitió este viernes, ante una audiencia que combinaba académicos que peinan canas y no tanto con estudiantes universitarios y amantes de la historiografía de todas las calidades. Adelantada, la investigadora boliviana María Luisa Soux había bregado minutos antes por una perspectiva que aceptase los matices del mundo indígena. “Los indios (en general) son una entelequia”, definió la disertante en su comunicación medulosa titulada “Más allá de la historia patria: insurgentes rioplatenses y chaqueños en el proceso de independencia”.

Reticencia bolivariana

Se trata también de advertir cómo los movimientos locales repercuten en ámbitos geográficos apartados, que en el siglo XIX desde luego parecían más lejanos que hoy cuando casi todo está a un vuelo o a un clic de distancia. El paraguayo Herib Caballero Campos, catedrático de la Universidad Nacional de Canindeyú, manifestó que la independencia de las Provincias Unidas contribuyó a acrecentar el poder del dictador perpetuo José Rodríguez de Francia (“claro que dictador no significaba entonces lo mismo que hoy”, matizó a posteriori el historiador croata-italiano Antonio Annino). El temor a una invasión de Buenos Aires (el peligro latente esgrimido una y otra vez) permitió a Rodríguez de Francia concentrar facultades y recortar atributos al cuerpo deliberativo que le había confiado el gobierno de Paraguay. “A partir de 1814, el Congreso ya no se reúne una vez al año, sino cuando Rodríguez de Francia lo juzgue necesario y eso no ocurrió sino hasta después de su muerte, en 1840”, dijo Caballero Campos. Por cierto, también después del deceso del dictador, en 1864, tuvo lugar la mentada conflagración, aunque elevada al cubo, cuando Brasil, Argentina y Uruguay atacaron Paraguay en la llamada Guerra de la Triple de la Alianza.

Se trata de advertir que no hay procesos químicamente puros, sino que la historia está plagada de marchas y contramarchas; de ciclos y contraciclos, y de prosaicas idas y vueltas (es, por cierto, un espejo de la contradicción humana). Estas vueltas y continuidades tan borgeanas impregnaron las comunicaciones de Cristina Mazzeo, quien se refirió a las divisiones y conflictos en el ejército realista que combatió en Perú, y de Inés Quintero, que abordó las disputas que tuvieron en vilo a Venezuela en el período 1815-1818. “Más que dificultades geográficas, había un caos. En 1816, Venezuela era un caos absoluto, más o menos como ahora, pero diferente”, comparó la oradora. De su exposición emergió una certeza: Simón Bolívar nunca fue un especial defensor de las elecciones. “En 1830, tiene la ocurrencia de morirse y ya no habrá más debate sobre la autoridad, sino sobre la legitimidad y la representación. Hoy en Venezuela, en pleno siglo XXI, este debate continúa. Tanto la república como la defensa del Estado de derecho son demandas que no nacen ni se agotan con la Declaración de la Independencia”, sintetizó.

El mito brasileño

Se trata de una posición crítica que no se contente con las soluciones fáciles. El brasileño Garrido Pimenta abogó por esta postura al abordar el mito que sostiene que la independencia de su país fue un hecho pacífico: “es una idea muy fuerte e, incluso, muy enraizada en la sociedad brasileña. El mito, para ser tal, tiene que tener una punta de verosimilitud, pero luego distorsiona muchas cosas. Y entraña una dificultad para comprender los procesos históricos de Brasil, como el que ocurre actualmente, que es de una enorme gravedad y no debe ser solucionado por el mito de que en Brasil todo se arregla sin demasiados problemas”.

Se trata, en definitiva, de reflexionar. María Pía González Bernaldo, historiadora argentina radicada en París, manifestó a modo de cierre de la mesa y del Congreso entero, que celebraciones como la del Bicentenario facilitaban el pensamiento. “Son momentos privilegiados para incitar la reflexión de los historiadores. Siempre queremos volver a interrogar el pasado. Celebrar y reflexionar en un diálogo entre la memoria y la historia, y la emoción y la razón”, postuló. González Bernaldo dijo que acontecimientos científicos como el Congreso del Bicentenario actualizaban la tradición de debate instaurada por la Generación del Centenario. Luego de lamentar la ausencia de la historiadora Noemí Goldman (no pudo viajar a Tucumán, su tierra natal, por asuntos de salud), homenajeó al maestro Tulio Halperín Donghi y manifestó que la Declaración de la Independencia no cerraba sino que abría el proceso.

Halperín Donghi ya había enunciado que las proclamaciones independentistas procedían de un doble fracaso: reformar el imperio español y crear un nuevo orden. “Digo esto en términos de dejar picando la pelota”, propuso Bernaldo. Antes de levantar la última sesión, la catedrática Ternavasio reforzó aquella inquietud por el conocimiento: “el gran riesgo (del trabajo del historiador) puede ser formular mal una pregunta o hacernos preguntas que podemos responder de antemano, pero el peor riesgo es no hacernos ninguna pregunta. Y de aquí nos vamos llenos de preguntas”.

Fuente y foto: La Gaceta


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