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¿Cuál Bicentenario?

Por: Julio Saguir
03 jul 2015

Voces de la opinión pública, variadas y de distinto origen, dan la bienvenida y se disponen a la celebración del Bicentenario de la Nación en el año 2010. Para algunos, particularmente muchos de los que vivimos a algunos kilómetros de la capital, nos llama la atención la certeza de la proclama y la ausencia de calificativos. Por lo menos nos asalta cierta duda: ¿cuál Bicentenario? ¿El de 1810? ¿Y por qué el Bicentenario de la Nación en 1810? ¿No podría ser el Bicentenario de la Nación en 1816? ¿O será entonces que celebraremos dos Bicentenarios, uno en 1810 y otro en 1816? La duda tiene algunos sustentos históricos.

La revolución de Mayo, 1810

Este Bicentenario que ha comenzado a celebrarse refiere a la Revolución de Mayo acaecida el 25 de ese mes en 1810 en la ciudad de Buenos Aires. Ahora bien, la Revolución de Mayo no sólo acaeció en esta ciudad, sino que fue realizada solamente por dirigentes porteños. Fue un movimiento eminentemente local, municipal. Fue la revuelta de líderes de la ciudad de Buenos Aires contra el gobierno colonial de la corona española. No fue un movimiento conjunto, ni del conjunto, de las ciudades del entonces Virreinato del Río de la Plata.

Es verdad que Juan José Paso mencionó el 22 de Mayo, en el célebre Cabildo Abierto, que hablaba en nombre de las restantes ciudades en su condición de capital del virreinato, o sea, “como hermana mayor en nombre de las menores”. Pero éstas no habían sido siquiera consultadas al respecto. Mucho menos sabían que tales eventos estaban por suceder.

Para tomar un ejemplo histórico de algo similar que sucedió de manera distinta, veamos lo que acaeció en Estados Unidos. Allí, la Revolución tuvo su epicentro en el segundo Congreso Continental de las colonias americanas, que ya venían reuniéndose como tales y en conjunto desde hacía algún tiempo. Y en 1776, los eventos que concurrieron en el 4 de Julio, sucedieron a partir de los representantes de las colonias reunidos en asamblea. En medio de discusiones y diferencias, aquel Congreso fue determinante en cuanto a dar cierta unidad de motivaciones y objetivos al afán revolucionario.

Más todavía, la Revolución de Mayo no sólo fue una revuelta que tuvo su foco en Buenos Aires, sino que distó de concitar apoyo global e inmediato por el resto de las ciudades del entonces Virreinato. En efecto, toda la intendencia de Paraguay se separó casi inmediatamente de la revolución porteña a pesar de los esfuerzos de ésta para que así no fuera. Ciudades del Alto Perú tomaron diferentes posiciones, pero las circunstancias de la guerra mostraron en pocos años que la región se había perdido casi definitivamente para lo que fuera antes un mismo territorio, y que Buenos Aires anhelaba mantener. Montevideo inmediatamente se volcó en contra de la Revolución, y en pocos años José Gervasio de Artigas, favorable a esta última, conformaba la Liga de los Pueblos Libres, que llegó a incluir Córdoba y La Rioja, como organización alternativa a aquella gobernada desde la antigua capital del Virreinato. La misma ciudad de Córdoba ofreció resistencia inicial, sofocada con el fusilamiento de Santiago de Liniers. En el re
sto de lo que luego serían las ciudades históricas de nuestro actual país, la noticia fue recibida con bastantes dudas, y las ciudades se miraban unas a otras esperando ver qué hacía la vecina, para ver a su vez qué hacer. Así entonces, varios de aquellos amplios territorios en nombre de los que hablaba Paso el 22 de mayo quedaron, por voluntad propia o por circunstancias históricas, separados de lo que aquellos líderes imaginaban o argumentaban en ese momento.

En este sentido, el proceso iniciado el 25 de Mayo fue un proceso abierto, contingente. Como tantas veces sucede en la historia, los eventos fueron sucediéndose más por el ir y venir de intereses conflictivos y acciones inmediatas que por algún diseño ideal concebido por los protagonistas. Mucho menos por el cálculo de largo plazo de los primeros revolucionarios. Los líderes porteños se alzaron contra el virrey, y llamaron a las otras ciudades a hacer lo mismo. Algunas dijeron sí, y otras no. Algunos territorios se unieron, y otros en cambio, se desmembraron; unos de manera temporaria y otros definitivamente; unos de modo parcial y otros completamente. Nada de ello “debió” ocurrir. Sencillamente sucedió, y pudo suceder tanto de esa manera como de alguna otra. Dependió de las decisiones que fueron tomando en una y otra dirección los actores del relato.  

En cuanto al conjunto principal de las ciudades –luego provincias—que constituirían lo que hoy conocemos como Argentina, el gobierno municipal no logró convocarlas a un Congreso por un buen tiempo, si bien algunos de sus líderes hablaron de la relevancia de una asamblea común de las provincias a reunirse en algún momento futuro. En realidad, fracasó para ello en dos ocasiones (1812), y pudo hacerlo recién en 1813. Y cuando lo hizo, no pudo cumplir uno de sus principales objetivos a los fines de la anhelada unión de todos: escribir una constitución. Más aun, los proyectos presentados no llegaron ni siquiera a discutirse.

El gobierno municipal nacido el 25 de Mayo tampoco logró estabilizar un gobierno de todos. En realidad, hay dudas de si efectivamente así lo quisieron hacer. La llamada Primera Junta se amplió al cabo de 6 meses, a partir de la invitación realizada a las ciudades del interior a enviar sus representantes a la capital –para formar gobierno según una convocatoria, o para formar Congreso según otra. Pero al cabo de muy poco tiempo las facciones internas y los intereses locales, particularmente los afanes de Buenos Aires de no perder el control del proceso, llevaron a la disolución de aquel gobierno protonacional. A partir de allí se consolidó un gobierno ejecutivo con fuerte, sino única, prevalencia de la voluntad porteña.

La Declaración de la Independencia, 1816

El conjunto mayoritario de las provincias lograron reunirse en 1816, en Tucumán, y allí, en esa asamblea común y conjunta, declararon su independencia e iniciaron el camino para diseñar su primera constitución, que se firmaría tres años más tarde. Para ser claro, la convocatoria a un Congreso en Tucumán fue una concesión de la élite porteña a las provincias del interior, agotadas del monopolio porteño en la toma de decisiones. “Y donde quiere usted que se reúna el Congreso? ¿en Buenos Aires? ¿No sabe usted que todos se excusan de venir a un pueblo a quien miran como opresor de sus derechos y que aspira a subyugarlos?”, decía fray Cayetano Rodríguez, religioso porteño, a un amigo. Tucumán fue el lugar elegido para la estrategia conciliadora; el lugar para reunir finalmente a una asamblea de todos, o al menos de una mayoría, y tomar la decisión conjunta de ser libres de manera definitiva.

Y así fue en efecto. En su mayoría, las provincias aceptaron participar en el Congreso convocado por el Directorio. Quince ciudades estuvieron presentes: once que hoy forman las cabeceras de actuales provincias, más cuatro de la región de Alto Perú. Las ciudades del Litoral y la Banda Oriental, en conflicto con Buenos Aires, no participaron. De este Congreso, con fuerte representación de todos los que se habían sumado a la Revolución, nació la Declaración de la Independencia y más tarde la primera Constitución de nuestro país. A diferencia de la Revolución de Mayo en Buenos Aires, la Declaración de la Independencia en Tucumán sí fue una reunión donde estuvieron reunidas desde el primer momento las ciudades de la mayor parte del territorio de lo que luego sería Argentina. Y, ahora sí, la decisión de que tal cosa sea así, fue común y decidida conjuntamente: “todas y cada una de ellas así lo publican, declaran y ratifican”, sostenía el Acta de Declaración de aquel 9 de Julio.

¿Pero es que entonces es una cosa y no la otra? ¿Es que entonces la “verdadera” conmemoración es la de Tucumán y no la de Buenos Aires? ¿Es acaso lo “nacional” de la Independencia, y no lo municipal de la Revolución? ¿Es 1816, y no 1810?

Tampoco esto sería correcto. Visto desde 1816 y desde Tucumán, como efectivamente lo reflejaron los protagonistas del mismo Congreso, aquel evento tuvo su inicio en la revolución de Mayo. El hecho de su contingencia, no significa que no sucedió, sino que pudo suceder de otra manera. Pero tal como sucedió, efectivamente tuvo su origen en Buenos Aires, como evento local y municipal, a través de un gobierno primeramente porteño. Y más allá de las desavenencias, conflictos y antagonismos posteriores, de la que la misma convocatoria al Congreso es parte, llegamos a Tucumán en 1816 luego de hechos que se concatenan a partir de 1810 en Buenos Aires.

El Bicentenario 2010-16

Por esto mismo, por este paso contingente de lo municipal a lo “nacional”, de lo local a lo global, lo que sucedió fue un proceso que, visto ex post, se inició en 1810 en BA y “culminó” en 1816; un proceso que fue de Buenos Aires a Tucumán, pasando por todas las ciudades y provincias que allí finalmente se reunieron; un proceso que fue de la Revolución de Mayo a la Declaración de la Independencia. Si esto fuera así, entonces lo que estamos por celebrar en 2010, en realidad, también debería suceder  “a partir” de 2010. En efecto, lo que estamos por celebrar es el Bicentenario 2010-16, y no el de 2010 y, dentro de seis años en el mejor de los casos, el del 2016. Celebramos el proceso por el que la “hermana mayor”, la “primus inter pares”, decidió rebelarse contra la madre patria por su propia cuenta y voluntad, e invitar a “las menores” a hacer lo mismo.

Celebramos el proceso por el que, a partir de allí, con dudas, desavenencias, y conflictos, algunas de aquellas hermanas de la colonia fueron sumándose hasta eunirse en 1816 como “Provincias Unidas de Sud América”, para dar esta vez un Sí conjunto, propio y voluntario al afán de ser “una nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli”. Celebramos el proceso por el que Buenos Aires comienza a poner en común inteligencia, vidas y riquezas a disposición de aquel grito primero de libertad, y las restantes ciudades no escatiman luego sacrificios menores para lograr hacer común y cierto ese mismo grito y voluntad. Celebramos el proceso que va de un Cabildo municipal al Congreso de las Provincias Unidas; de Juan José Paso defendiendo el derecho de ciudades ausentes a “los representantes de las Provincias Unidas de Sud America, reunidas en el nombre y por la autoridad de los pueblos que representan”; de Cornelio Saavedra, Mariano Moreno y otros líderes porteños,  a Francisco de Laprida, Gerónimo Salguero y muchos más representantes provinciales. Celebramos el proceso de seis años de gestación de la vida en común: fecundada en Buenos Aires y nacida en Tucumán. Celebramos el proceso 1810-16.

Si acordáramos que esto es así, y llegáramos a instalarlo de esa manera, y no cómo 2010 o 2016, entonces podríamos también iniciar un proceso de acontecimientos y eventos celebratorios, desde culturales hasta de infraestructura públicas, que nos ponga en mejor sintonía con lo acontecido y lo que queremos festejar. Procesos de investigación, estudio, obras y desarrollo que se inicien en 2010 con vistas a culminar en 2016. Porque celebrar el Bicentenario también debería ser un motivo de unión y conciliación, y no de mayor conflicto y desavenencia. Y que sea el Bicentenario 2010-16, y no el de 2010 o el de 2016, es un buen símbolo para ello.

Julio Saguir
Politólogo y autor de ¿Unión o Secesión?
Secretario de Planeamiento de la Provincia de Tucumán.


Julio Saguir

En el año 2003, Julio Saguir asumió como Secretario de Gestión Pública y Planeamiento cuya función desempeña hasta la fecha. En abril del año 2006, fue designado responsable de la Comisión Federal de Capacitación, dependiente del Consejo Federal de la Función Pública, función que cumplió hasta abril...

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