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La identidad nacional en tiempos del Bicentenario

29 mar 2016

La sociedad argentina actual está formada por retazos desgarrados, un paño complejo y desparejo que pone a prueba no sólo las identidades sociales básicas, sino también la idea de argentinidad.

Por Luis García Fanlo* – Para La Nación    
*Doctor en Ciencias Sociales, docente e investigador (UBA y UNR)

A doscientos años de nuestra independencia nacional, los argentinos seguimos atrapados en lo que parece ser el eterno retorno de lo mismo, como si nuestra historia transcurriera por ciclos y éstos se repitieran periódica y antinómicamente. Lo particular es que esta explicación viene de muy lejos, tiene casi tantos años de antigüedad ideológica como el país mismo y ha sido utilizada tanto por liberales como por peronistas, fascistas e izquierdistas, radicales y conservadores, académicos, intelectuales, ensayistas, escritores, periodistas, así como guionistas de teatro, cine, radio y televisión. En los últimos años esta división encontró una forma de representación ambigua pero efectiva al enunciarse como "la grieta".

Pero hay otra manera de pensar el devenir de nuestra argentinidad no ya como antinomia o grieta, sino como umbral. Lo que separa y ha separado a los argentinos desde antes de nuestra independencia no es un abismo, sino la imposibilidad de construir una identidad nacional común con los demás argentinos; nuestra identidad nacional, por el contrario, ha surgido y se ha desarrollado contra nosotros mismos. Una parte contra la otra, es cierto, pero no tan definidas socialmente unas de otras, sino en constante redefinición y pasaje entre una y otra de individuos, grupos y clases sociales.

En particular, el principal habitante de este umbral ha sido la clase media, los sectores medios urbanos, los que están entre los unos y los otros y por lo tanto nunca llegan a ser ni lo uno ni lo otro. Algunos fueron criollos y otros españoles, unitarios y federales, porteños y provincianos, nativos o inmigrantes, radicales, socialistas o conservadores, militares y civiles, peronistas y antiperonistas, nacionalistas y cosmopolitas; simultáneamente divididos, cada uno de ellos, en múltiples fracciones.

Y, a la vez, las fracciones se convierten en facciones que cambian constantemente de aliados y alianzas, motivados por una racionalidad de corto plazo donde todo acuerdo es táctico y perecedero. Es que estas alianzas o convergencias tienen como único objetivo anular, neutralizar o aniquilar a otra alianza o convergencia similar, de modo tal que las fuerzas sociales en pugna siempre asumen formas transversales e inestables. En consecuencia, no existe ni ha existido nunca una fuerza social civilizadora versus otra que expresaría la barbarie, dadas ambas de una vez y para siempre, esenciales, inmutables, separadas por una férrea frontera social, política, ideológica o ético-cultural.

En resumen, no sólo existe una disputa por la definición sobre quién es el civilizador (que todos quieren ser) y quién el bárbaro (que nadie quiere ser), sino también, y especialmente, un juego de suma cero en el que las victorias son pírricas. Y esto es así no sólo porque los triunfos de una fuerza social sobre la otra son efímeros, sino también porque al consumarse producen la disolución del vencedor y, eventualmente, su transmutación en el próximo vencido. De alguna manera eso quedaría expuesto en el enigma indescifrable que supone para los argentinos tener dos fechas patrias fundacionales, el 25 de mayo y el 9 de julio, y vivir esa ambigüedad, ya que tienen la misma valoración la libertad de navegación de los ríos interiores y el libre comercio que declararse libres de toda dominación extranjera.

¿Y qué formas asume hoy, en esta actualidad, el bicentenario de la independencia en esta singular manera argentina de hacer la historia? La sociedad argentina todavía vive los efectos de la gran crisis de 2001, que lejos de ser coyuntural significó un quiebre profundo en la estructura social argentina y consiguientemente en la (re)configuración de las fuerzas sociales que históricamente disputaron la hegemonía política del país según el esquema descripto. Tanto el kirchnerismo como el macrismo son configuraciones de fuerzas sociales nuevas que vinieron a reemplazar -todavía no sabemos con qué alcance, intensidad o estabilidad- a las tradicionales, el peronismo, el radicalismo, las Fuerzas Armadas, la Iglesia Católica y las corporaciones empresariales y sindicales que dominaron el juego de alianzas durante el siglo XX.

El kirchnerismo, al menos a partir del mandato de Cristina Fernández, ya no tiene nada que ver con el peronismo, del mismo modo que el macrismo no reconoce filiación con los partidos liberales tradicionales de la Argentina y sus mentores históricos. Kirchnerismo y macrismo son el mejor ejemplo de mi teoría del enfrentamiento social como umbral, ya que ambos van y vienen entre sí, se alimentan a sí mismos y a la vez se niegan como si fueran Némesis. Al mismo tiempo mantienen relaciones ambiguas tanto con el peronismo y el radicalismo, por un lado, como con los nuevos poderes económicos que también surgieron al calor de esta primera década y media del siglo XXI.

La sociedad argentina actual es un patchwork complejo y desparejo en el que tanto los espacios sociales como sus territorios de clase se presentan desgarrados, con fuertes heterogeneidades no sólo económicas, sino también políticas, ideológicas, éticas y culturales configurando una suerte de feudalismo del siglo XXI. Ya no estamos ante los excluidos o los marginales del capitalismo tradicional, sino, además, ante nuevas formas de existencia de la pobreza y la riqueza que cuestionan las solidaridades tradicionales de clase y ponen a prueba no sólo las identidades sociales básicas, sino también la de la mismísima argentinidad.

En la Argentina del bicentenario de la independencia el desarrollo económico ya no es el único que asume formas desiguales y combinadas, sino la totalidad de las dimensiones en que se estructura la sociedad, en particular en términos estético-políticos y ético-culturales. El kirchnerismo intentó gobernar esta nueva situación gestionando ese patchwork identitario, intentando refundar la argentinidad como un conglomerado de heterogeneidades gestionadas, construyendo una mayoría compuesta por la suma de decenas de minorías. Por su parte, el macrismo oscila entre continuar con el modelo heredado pero descarnado de lo que considera una gubernamentalidad peronista anómala y ampliar a escala nacional el modelo de gubernamentalidad neoliberal que implementó durante los últimos ocho años en la ciudad de Buenos Aires.

Por lo pronto, ni los que se fueron ni los que llegaron han mostrado preocupación u ocupación en la conmemoración del bicentenario de la independencia. No hay presupuesto asignado, no hay comisión oficial de festejos, no hay agenda ni preparativos excepto por parte del gobierno de Tucumán. Y tampoco existe demanda social, política ni cultural al respecto.

La argentinidad del siglo XXI sólo parece reconocerse en el espectáculo y el consumo, y conmemorar el bicentenario de la independencia no parece una buena idea para gobernar el país patchwork.


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