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Reflexiones sobre el Bicentenario

Por Graciela E. Assaf de Viejobueno.

Los grandes aniversarios son ocasiones propicias para la reflexión y los balances. Ser contemporáneos del Bicentenario de la Independencia de la Patria y además vivir en San Miguel de Tucumán, ciudad histórica en donde se celebró el  Congreso es un verdadero privilegio.

Pero al mismo tiempo, esta celebración nos interpela. Si en 1816 nos independizamos del yugo español, la pregunta que debemos hacer en esta instancia es ¿De qué debemos independizarnos hoy? ¿Cuáles son nuestras dependencias actuales? ¿El individualismo? ¿La indiferencia? ¿El espíritu sectario? ¿La corrupción? ¿El narcotráfico? ¿La pobreza?

Ante la pregunta, ¿le falta algo a nuestra independencia? La respuesta corta es sí. Nos falta algo. Pero como dice el Dr. Espeche Gil: “Eso no debería llamarnos la atención porque la independencia es un proceso permanente. No es el fin del camino sino el camino mismo de independizarse”.

El 25 de mayo de 1810 comenzó el proceso de nuestra independencia y debieron pasar seis largos años hasta el 9 de julio de 1816. De la urgencia de declarar la Independencia, da cuenta la carta que escribe San Martín a Godoy Cruz en donde le incita: “¿Hasta cuándo esperaremos para declarar nuestra independencia? ¿No le parece cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional y hacer la guerra al soberano de quien dependemos? Animo! Que para los hombres de coraje se han hecho las empresas”. Como el diputado mendocino le contestara que la independencia no era soplar y hacer botellas, San Martín le retrucó: “Yo respondo que mil veces me parece más fácil hacer la independencia que el que haya un solo americano que haga una sola botella”. Esto pone de manifiesto la voluntad esclarecida de nuestros próceres y el firme propósito de independencia.

La Iglesia Argentina, a través de diversos documentos, ha tomado la causa del Bicentenario como una ocasión para Pensar la Patria. Ello exige un esfuerzo intelectual con una mirada serena y desapasionada que no ignore los dramas y tragedias y a la vez, esperanzadora  donde el señalamiento de las críticas no nos desanime sino que sea el acicate para  la reacción positiva.

El primer interrogante, respecto a nuestro pasado es preguntar si la disputa suscitada en nuestra Primera Junta de Gobierno, entre Saavedra y Moreno fue un hecho fatídico que marcó nuestra suerte para siempre o si podemos superar estos dos modelos antagónicos. Si estamos signados por la conflictividad permanente o podremos salirnos de este esquema. Creer en lo primero, sería caer en un determinismo y negar la libertad humana, presupuesto de la libertad de los pueblos.

Sin embargo, a lo largo de nuestra historia, hemos podido constatar que estas dicotomías se  fueron presentando con distintos nombres: unitarios y federales; radicales-peronistas; conservadores-progresistas; de derecha y de izquierda y podríamos seguir enumerando. Lo peor es que siguen vigentes las antinomias de siempre.

Estamos marcados por un largo camino de desencuentros. Pero acá viene la segunda pregunta: ¿acaso otras naciones no tienen también distintas miradas en lo político, en lo social, en lo económico? Tenemos que concluir entonces  que la diversidad es una riqueza, que las cosas que nos distinguen, no necesariamente nos deben separar y que hay que terminar con la versión maniquea de dividir a los argentinos en réprobos y elegidos.

La concordia política que es uno de los contenidos del Bien Común Político es el recurso para superar nuestras divisiones y debiera ser un objetivo a alcanzar para terminar con el estado de confrontación permanente. Hay que recuperar la amistad social en estas épocas de fractura. Debemos reconocernos como hermanos, hijos de un Padre Común, para que esta fraternidad sea el fundamento de la solidaridad social. Si veo al otro como mi hermano o como mi prójimo, me cuidaré de no aprovecharme de él o acudiré en su auxilio en caso de necesidad. Es en las sociedades divididas donde prima el interés personal sobre el Bien Común o el “yo me salvo” sin importarme la situación ajena. Para conseguir la tan anhelada concordia en ámbitos de pluralismos y diversidad hay una regla de oro sintetizada en  una cita de San Agustín: “En lo esencial, debe haber unidad; en lo accidental, libertad y en todo, caridad”. En este caso lo esencial radica en que todos somos argentinos, con un pasado, con una lengua, con una cultura y  un destino común. En la Nación debe reinar la confraternidad entre todos sus habitantes por todo ese acerbo compartido, independientemente de que pensemos distinto en temas opinables. El  desafío comunitario de una sociedad justa, pluralista y democrática es empezar a encontrar puntos de encuentros, basados primero en la persona como sujeto de derechos y en una justicia redistributiva que recree el sentido de equidad social como un desafío impostergable de este momento histórico.

Lo que finalmente hay que comprender es “que no podemos ser felices unos sin los otros y ciertamente nunca unos contra los otros”.


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