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Tucumán, 9 de julio de 1816

07 oct 2015

Pese a las interpretaciones con las que la política afiebrada del presente pretende invadir la historia, la declaración de la Independencia conmueve hoy tanto como siempre y despierta las mismas emociones.

"Nadie es la patria -escribió Borges para LA NACION en su Oda por el sesquicentenario de 1966- /pero todos debemos/ ser dignos del antiguo juramento/ que prestaron aquellos caballeros/ de ser lo que serían por el hecho/ de haber jurado en esa vieja casa/ Somos el porvenir de esos varones,/ la justificación de aquellos muertos..."

¿Quién no siente emoción esta mañana por las lejanas mañanas frías de guardapolvos blancos? ¿Quién no siente esa emoción vivida entre palabras "alusivas" de la señorita maestra, mientras sobre el patio de la escuela se batía, desde lo alto del proscenio, la mirada comedida de la señora directora? ¿Quién olvida que, ya de vuelta al aula, afrontábamos con tropiezos la composición alegórica que a su turno habían escrito nuestros padres y alguno de nuestros abuelos? Borroneábamos el texto inevitable ante el pizarrón tachonado con la imagen de "Francisco Narciso de Laprida, cuya voz declaró la independencia de estas crueles provincias.", y otra vez Borges, que persevera en la memoria, ahora por el Poema Conjetural que nos deslumbró siendo hombres.

Se necesitarían dos siglos más de una contracultura obstinada para poner a prueba la identificación agradecida de los argentinos con la fecha en que los diputados reunidos en Tucumán proclamaron, por unanimidad, la insumisión de las Provincias Unidas de la América del Sud de la dominación "de los Reyes de España, sus sucesores y metrópoli". Como eso les pareció insuficiente, los congresales agregaron días después, a instancias de José Serrano: ".y de toda dominación extranjera".

Serrano era diputado por Charcas, una de las provincias del Alto Perú presentes en Tucumán. También estaba allí la representación de Tupiza, Mizque (Cochabamba) y Chuquisaca. Refleja bien la significación de ese aporte el hecho de que el acta de la Independencia se registró en dos versiones, al imprimirse por vez primera: una, en lengua española, y otra, en quichua. Aparte, hubo una edición en aymara.

¿Qué dicen a esto los que ayer, no más, descubrieron a los "pueblos originarios"? ¿Qué dicen quienes hoy mismo critican desde gobiernos provinciales al Congreso de Tucumán por supuestas carencias de sentido social e ignoran que la Constitución de 1819, sancionada por ese congreso, fue de las primeras en el mundo en imponer al "cuerpo social" la obligación de garantizar los derechos del hombre y llevar alivio a "la miseria y desgracia de los ciudadanos, proporcionándoles los medios de prosperar e instruirse"?

El espíritu de aquella época reclamaba la formalización legal de las decisiones de mayo de 1810. Venía forjado por la influencia convergente de la revolución norteamericana de 1776 y de la Constitución liberal de Filadelfia de 1787, y por lo que los historiadores franceses han calificado, en referencia a la revolución de 1789, de acontecimiento supremo y fundador de un nuevo capítulo de la humanidad.

No alcanzaban para calmar los sentimientos populares, que tanto debían en su floración a los "gérmenes fecundos" de los que hablaría Mitre, los hechos institucionales de enorme valor que habían sucedido a Mayo. Uno, por cierto central, había sido la Asamblea General Constituyente de 1813, que dispuso no reconocer otras autoridades que las que de ella surgieran. Instituyó así el cargo de director supremo, que ocupó primero Gervasio Posadas, y luego, Carlos de Alvear, José Rondeau y Juan Martín de Pueyrredón, entre otros. El Triunvirato había hecho saber que la Asamblea estaría investida de carácter soberano.

Nada alcanzaba que no fuera la proclamación de la independencia para el espíritu de aquella nacionalidad en gestación. Afloraba ese fenómeno tanto en Buenos Aires como en el interior, a pesar de los jaleos que los involucraban en otros órdenes. La Asamblea de 1813 nos había dado algunos de los principales símbolos soberanos: el Himno, como canción patriótica, el uso de la escarapela celeste y blanca, el escudo nacional... y la moneda. Pero al no cumplir con el objetivo fundamental de que proclamara la emancipación, demoró una cuestión que en 1816 resultaría impostergable para el congreso al que "ciudades y villas" habían sido convocadas a nombrar diputados.

En su Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina, dice Mitre: "El Congreso de Tucumán, a cuyo lado iba a ponerse Belgrano, era la última esperanza de la revolución, el único poder revestido de alguna autoridad moral, que representase hasta cierto punto la unidad nacional". ¿Qué peligros acechaban el 24 de marzo de 1816 en esa manifestación implícita de Mitre, cuando se inauguró el Congreso; qué conflictos internos agitaban a las provincias y sustraían energías a su defensa y a la campaña que el general San Martín preparaba como libertador de pueblos más allá de la Cordillera? ¿Qué tramaban en Europa contra pueblos renuentes a ser colonias?

Por lo pronto, los pueblos que tenían por protector al caudillo oriental José Artigas mantenían tan serias diferencias con los convocantes al Congreso de Tucumán que se abstuvieron de concurrir. Se habían reunido casi un año antes, el 29 de junio de 1815, en lo que hoy es Concepción del Uruguay, junto con quienes se proclamaban orientales, delegados por Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Córdoba, aunque ésta estuvo representada tanto en el lugar que se conocía como Arroyo de la China, en Entre Ríos, como en Tucumán, después.

Se cree saber que cuando Pueyrredón informó a Artigas de la declaración de Tucumán, del 9 de julio de 1816, éste le contestó que el Congreso de Oriente la había proclamado el 29 de junio de 1815. No hay pruebas documentales que lo consignen, pero la controversia, que se hubiera dicho acabada hace añares, se desempolvó a raíz de un proyecto por el cual la Cámara de Diputados de la Nación procuró legitimar en julio de 2014 la pretensión de Artigas. Declaró así feriado extraordinario el 29 de junio. ¡Nada! En enero último, la Presidenta convalidó la curiosa tesis sobre la fecha de la primera declaración de la independencia y por decreto nominó 2015 Año del Bicentenario del congreso artiguista.

En eso estamos, con estupor compartido por uruguayos. Apartemos, pues, las interpretaciones con las que la política afiebrada del presente pretende invadir la historia y ciñámonos hoy a la documentación fehaciente sobre el 9 de julio de 1816 y al contexto en que se debatían sus actores. Entre los riesgos principales figuraba el de una invasión del Río de la Plata por España, dispuesta a contraatacar ya con Fernando VII reacomodado desde fines de 1813 en el trono arrebatado por Napoleón en 1808.

Había en la región otros problemas de gravedad cuando los diputados comenzaban a llegar a Tucumán, a comienzos de 1816. La revolución mexicana había sufrido un serio infortunio. Rondeau, antecesor de Belgrano al frente del Ejército del Norte, había caído en Sipe-Sipe, y dejado así comprometidas las fronteras de Jujuy y Salta, donde descollaban por valor y lealtad los gauchos de Güemes. El general español Pablo Morillo se imponía a los revolucionarios en lo que es Venezuela, hacia donde se había embarcado poco antes desde Cádiz, pudiéndolo haber hecho, en cambio, en dirección del Atlántico Sur.

En Europa, los emperadores de Rusia y Austria y el rey de Prusia se aunaban en la Santa Alianza en juramento de hermandad. Lo proclamaban único principio de sus relaciones, fundándolo en la "Religión Eterna del Dios Salvador". A esa concertación inspirada en el derecho divino, y de rencor contra Napoleón y lo que había sido la razón pura y gélida de los crímenes jacobinos en los que zozobró la revolución francesa, se plegaron los Países Bajos, Baviera, Sajonia. y, naturalmente, España. Ahora, la vieja metrópoli era parte de una coalición poderosa; podía arrobarse en el sueño de recuperar por entero las colonias perdidas.

Cuadro tan patético es el que tuvo en cuenta el abogado y general, e indiscutido patriota, que el 6 de julio de 1816 compareció en sesión secreta ante los congresales para informar de lo observado en su reciente viaje a Europa. Restaban tres días para la declaración histórica. Manuel Belgrano no sorprendió a quienes lo escucharon. Había allí varios que pensaban de igual modo que él: que después de la declaración de la Independencia cabía establecer un sistema de gobierno. Qué éste debía ser monárquico y moderado, y encarnado en un hijo de la Casa de los Incas.

Otros diputados preferían algún descendiente de una dinastía europea, pero todos concertados, en circunstancias excepcionales, en llevar adelante lo único innegociable: la independencia y el reconocimiento del nuevo Estado por el mayor número posible de naciones. Los menos, como fray Justo Santa María de Oro, diputado por San Juan, argumentaban que antes de dictar una forma de gobierno había que consultar a las provincias. Si se vota una monarquía, dijo éste, "pido permiso para retirarme". Todos tomaron nota, en definitiva, de las urgencias de San Martín, que a través de su confidente, el diputado por Mendoza Tomás Godoy Cruz, transmitía impaciencia por la rezagada declaración independentista.

¿Cómo juzgar a aquellos hombres atribulados por la suerte apremiante de la patria con el rasero de la contemporaneidad? ¿Enjuiciarlos como podría hacerse con Aristóteles por su opinión de hace 2400 años sobre la esclavitud, en días en que el mundo no admite más ley que la de la igualdad de todos los hombres? ¿Condenar a Cristóbal Colón con los cartabones de hoy? ¿Imputar al mismísimo Congreso de Tucumán por discriminación de género, pues no hubo mujeres en su seno?

Entre bondadoso e irónico, Mitre se permitió escribir que el Congreso de Tucumán "proclamó la monarquía cuando fundaba la República". De allí, en realidad, salió en lo inmediato un nuevo director supremo, Pueyrredón, de probado coraje durante las invasiones inglesas. Era diputado por San Luis y sería el enlace apropiado con quien se disponía para la hazaña militar de los Andes. "Los únicos móviles de esta campaña -instruyó Pueyrredón a San Martín- son los de la consolidación de la Independencia de América."

En 1817 el Congreso funcionaba ya en Buenos Aires. Ese año dictó el Reglamento Provisorio, y en 1819, la Constitución unitaria a la que Vicente Fidel López calificó, en su Historia de la República Argentina, como "la mejor adaptada a nuestras libertades públicas de cuantas se han ensayado antes y después de nosotros". Joaquín V. González dijo otro tanto, aunque observó que omitía la palabra "república".

No sin motivo se le ha achacado a esa Constitución un exceso corporativo que mal podía prolongarse en el tiempo. Previó un Poder Legislativo con dos cámaras: la de Representantes y la del Senado, al que concibió con un senador por provincia. Aquí reservó tres bancas para militares con grado no inferior a coronel mayor, otra para un obispo, tres para eclesiásticos, una por cada universidad, y otra banca más, para el director de Estado saliente.

Pueyrredón renunció invocando razones de salud en 1819. Rondeau volvió a ser designado director supremo, pero de manera interina, en su lugar. Fue derrotado en Cepeda por los caudillos de Entre Ríos, Francisco Ramírez, y de Santa Fe, Estanislao López. En febrero de 1820 se escribió el último reporte del Congreso de la Independencia.

El país se debatía en tiempos de anarquía. Quedaba, sin embargo, preservado lo esencial de Tucumán, y en ello se abrazarían más tarde provincias actuantes en el acontecimiento histórico que nos conmueve hoy tanto como siempre, y otras que se hallaban aquel entonces en disidencia. El 9 de julio de 1816 se había producido lo que Mitre resumió, en su Historia de San Martín, en expresión memorable: ".las revoluciones no se consuman sino cuando las ideas, los sentimientos, las predisposiciones morales e intelectuales del hombre se convierten en conciencia individual de la gran masa".

Por José Claudio Escribano
Palabras del autor en el acto conmemorativo realizado por el Automóvil Club Argentino

Fuente: Diario La Nación

 


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